reflexiones sobre la ciencia del onanismo

Un divertido discurso del notable escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910)

¡gracias a la masturbción!

Quien me ha precedido en el uso de la palabra, se ha referido a esa “enfermedad social” que es el adulterio y en su brillante discurso prácticamente dijo todo lo relativo al problema, y poco puedo agregar yo.

En bien de la moral, debo proseguir yo como orador previniéndolos respecto de aquella diversión que algunos llaman autoabuso, a la que advierto parecen todos ustedes muy adictos.

Grandes figuras de las letras, de hoy y de ayer, especialistas en temas de salud y moral, se han internado en este interesante asunto, denotando con ello su capacidad y valor. Ninguno sostenía la misma opinión, pues sus planteamientos eran discordantes.

Homero, en uno de los libros de La Iliada, afirma entusiasta: “O me dan la masturbación, o me matan”. El emperador César, en una de sus obras capitales, comenta: “Compañía para los solitarios; para el abandonado, genuina hermana; bondadosa filántropa para el hombre senil y para el desposeído. Inclusive el más pobre entre los pobres, es magnate cuando cuenta con ella”. Y agregaba líneas más adelante: “Es más sabrosa que la mariconería”.

Robinson Crusoe, señaló en alguna oportunidad: “Me faltan palabras para explicar lo que le debo a esta artística actividad”. Y la reina, de Inglaterra claro, aseguró: “Con ella, todas nuestras vírgenes están a salvo. Por su parte, el gran héroe de los zulúes, Cetewallo, dijo: “Más vale una buena manuela que cien volando”. Benjamin Franklin, el egregio, señaló dos aspectos: La madre de todas las invenciones es sin duda la masturbación y es, además, la mejor política.

Los viejos artistas y Miguel Angel, resaltando que lo de lo de viejos maestros es abreviatura, han dicho cosas muy parecidas.

Al Papa, Miguel Angel le dijo: “Muy noble es la autonegación; beneficiosa la autocultura, viril la autoposesión. Sin embargo, para las almas auténticamente inspiradas y grandes, todo eso es nada, pobre y sin brillo, comparado con el autoerotismo”. Mismo que, según el señor Brown, que está ahora con nosotros, lo reitera en uno de sus nuevos y divertidos poemas en dos líneas que sin duda alcanzarán la eternidad:

“Quien lo conoció, lo ama,

quien lo mencionó, lo elogia”

Es la opinión de ilustres personajes, partidarios de esta célebre ciencia. Pero son muchos los que la atacan y son contrarios a ella, a la que descalifican con sólidas argumentaciones y ríspidos discursos, que no repetiré en este momento en su detalle.

Un especialista indiscutible, Brigham Young, sentenció: “Si la comparamos a lo otro, hay la misma diferencia que entre una luciérnaga y un relámpago”.

Salomón, a su vez, planteaba: “Su única gracia es que es barata”.

Galeno: “Llena de vergüenza la degradación horrible a que se expone con tales prácticas ese gran miembro, miembro en verdad extraordinario, que los que sabemos de estas cosas denominamos el “Maxilar Mayor” (cuando a veces lo denominamos). Valdría más la pena cortarle la cabeza que emplearlo de ese modo o quizás sería mejor cortar el “os frontis” o hueso de la frente, que utilizarlo así”.

En su informe parlamentario, el célebre hombre de estado Smith, apunta: “Con este medio, se han desperdiciado más jóvenes que con ningún otro. Aunque arte antiguo, por los daños que causa, debemos condenarlo”.

En alguna etapa, Darwin debió renunciar a su famosa tesis de que el mono era eslabón entre los seres humanos y las demás especies. Se adelantó, sin embargo, porque el mono viene a ser, aparte del hombre, el único animal que se dedica a esta ciencia y, por lo mismo, es nuestro hermano y, también por lo mismo, lo hayamos simpático y mantenemos con él excelentes relaciones. Basta que el mono tenga espectadores para que, de inmediato abandone sus rutinas, y actúe, contorsionándose y con una expresión estátíca similar a la que los inteligentes humanos ponen en sus propias actuaciones.

Es fácil notar las señas de una práctica excesiva de esta dañina diversión. Son:

El entusiasmo para comer, beber alcohol, fumar, compartir alegremente con otros, reir, bromear, contar chistes verdes y una gran disposición para el arte pictórico.

Y las consecuencias del hábito son pérdidas:

  • De la memoria
  • De la virilidad
  • De la alegría
  • Del carácter, y
  • De la capacidad fecundante.

Es la menos recomendable de todas las prácticas sexuales que el hombre realiza, porque como diversión, es breve; como trabajo, muy cansada; como exhibición, poco rentable.

Ha mucho tiempo ya que de los salones decentes fue expulsada.

Y en estos tiempos de progreso y mejoramiento continuo, se la ha puesto al nivel de los gases pedorreros, degradándola y emparentándola con ellos. Hoy, ésta y el suspiro pedorro sólo son admisibles en privado. Y se permite incluso este último, cuando todo un grupo de varones lo consiente.

Quien me precedió en el uso de la palabra nos enseñó que toda “enfermedad social” es mala. Yo agregaría que algunas son peores que otras.

Y para terminar, les digo lo siguiente:

“Si ustedes tienen el deber de desperdiciar sus vidas en el sexo, eviten el solitario”.

Y cuando sientan esa agitación revolucionario en su organismo, obliguen a su columna del placer que se baje de cualquier modo, ¡pero nunca la meneen!

Mark Twain

Una respuesta to “reflexiones sobre la ciencia del onanismo”

  1. Daniel Osorio Says:

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