concierto Bob Dylan Poble Espanyol (24 junio 2010)

Con 15 minutos de retraso el bardo de Minnesota irrumpió encima del escenario, con su inseparable sombrero y una banda de excelentes músicos, ante la expectación de las 5.000 personas que semanas antes habían agotado las entradas. En los primeros acordes de “Rainy day women 12 & 35″, Bob Dylan quiso dejar claro que su edad no es un impedimento para estar al mejor nivel, ni ello, influenciará en su manera de tomarse los directos y su propia música.

El incorregible cantante norteamericano regaló a todos los presentes en el Poble Espanyol (o a casi todos) un recital de envergadura, y como siempre ocurre con él, único. A estas alturas nadie debería sorprenderse por su arisca y antipática postura ante el público, tampoco que sus clásicos asomen poco en sus conciertos, y que cuando esto suceda, sea con reinterpretaciones indescifrables para la mayoría. Dylan es Dylan, y siempre lo será, y si a alguien se le puede perdonar estas cosas, debería ser al profeta de nuestros tiempos.

Dejando a un lado su actitud, el cantante de Blonde on blonde demostró un muy buen estado de forma. A pesar de su voz de ultratumba que evidencia los años que lleva en la profesión, Dylan se desdobló en funciones interpretando canciones con la guitarra eléctrica, otras con el piano, algunas con la armónica (quizás la única faceta donde se mostró algo errático), e incluso varias en un mismo tema. La pasada noche de San Joan, el cantante de “Subterranean homesick blues” se mostró suelto, con confianza, sorprendió que llegará a gesticular, hasta cierto punto (en especial por su voz ronca y con esos lapsos finales alargados) parecía ser el hermano mayor de Tom Waits.

A través de la hora y tres cuarto que duró el concierto, Bob Dylan y su banda incursionaron en el folk, el country, y el rock, y fue en este último cuando su sonido sonó más compacto. La banda se sincronizó y cuajo momentos de absoluta precisión, contundencia y goce.

A más de uno debió molestar que incurriera tan poco en su repertorio de clásicos, de éstos tan solo resonaron en la entrañable plaza del Poble Espanyol:  “Tangled up in blue”, “Just like a woman”, “Highway 61 revisited”, “Ballad of a thin man” (momento álgido de la noche), y dentro del bis final ”Like a Rolling Stone” y “Blowin’ in the wind”.  Más parecía molestar la debilidad de su creador para moldear de nuevo sus creaciones a su antojo, ya sea acortando o alargando, o simplemente interpretándolas de una forma impensable como fue la decepcionante y desconcertante “Blowin’ in the wind”.

Bob Dylan ha sido un artista que se ha ido reinventando a lo largo de su impecable trayectoria una y otra vez, ganándose adeptos y detractores con cada nuevo perfil adoptado. Este rasgo suyo también lo adopta encima del escenario, cansado de interpretar sus himnos noche tras noche, y con la motivación de buscar algo diferente en cada actuación. ¿Por qué quedarse parado en el pasado, si puedo seguir moviéndome? debe preguntarse el de Duluth. Y eso fue precisamente lo que sucedió en el especial concierto que vivimos el jueves en Barcelona, donde el veterano Robert Allen Zimmerman revisaba parte de su inmenso e imprescindible repertorio, a la manera de Dylan.

referencia, www.eldestiladorcultural.es

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