la contra de la vanguardia (miercoles, 19 enero 2011)

Maria Grazia Cucinotta, actriz (‘El cartero y Pablo Neruda’) y productora de cine

“La gente se compara: sufre, desea, desprecia y etiqueta”

Tengo 41 años. Nací en Mesina (Sicilia) y vivo en Roma. Estoy casada, hace 17 años, y tengo una hija (9). Estudié contabilidad. La política debería parecerse a la palabra ‘madre’: darte la certeza de que hay alguien que se ocupa de ti; pero más bien es lo contrario. Creo en Dios.

Era la más bonita del cole?

Era larguirucha, tenía mucho cabello, siempre en la cara para esconder mis gafas. En casa me llamaban la Simia y en el cole se burlaban. Ver en lo que me convertí fue una sorpresa.

¿Cuándo hizo el cambio?
A los 14 años. La gente se volvía a mi paso; pero la importancia de ser mujer no la he comprendido hasta ahora.

¿Qué comporta ser tan bella?
Miedo e inseguridad, porque en el otro siempre está el prejuicio de que eres un objeto para usar, y eso cuando era jovencita me hería mucho. Siendo modelo, todos los hombres con cierto poder se sentían con derecho sobre mí, y para mi trabajo de actriz la belleza ha sido un gran obstáculo.

Pues no le ha ido nada mal.
Pese a que ‘El cartero y Pablo Neruda’ fue un éxito internacional –cinco  nominaciones y un Oscar–, desencadenó muchas envidias: “Demasiado guapa para papeles dramáticos”, “demasiado pecho”, “demasiado alta”. La gente se compara, sufre, desea, desprecia y etiqueta: bella-fea-alta-delgada-baja”.

¿Por qué decidió ser modelo?
Me paró por la calle un agente de modelos de Milán, y rápidamente tuve  mucho trabajo en publicidad; he hecho cientos de spots: era la cara de lo italiano en el mundo.

¿Le gustaba?
Yo soy hija de un cartero, y de repente, con 18 años, empecé a ganar mucho dinero; estaba en shock, y aunque me daba apuro salir por televisión, pude cambiar la vida de mi familia. Entras dentro de una caja mágica que hace realidad tus sueños, pero te roba parte de tu vida personal y de tu inocencia.


El mundo del espectáculo está circundado de hombres maduros a la caza:  chasquean los dedos y pretenden que tú acudas corriendo porque ellos te ofrecen cenas, coches de lujo, te compran vestidos… Es terrible.

Habrá a quien le guste.
Tras la moda hay un mundo de jovencitas desesperadas que no despuntan y que sobreviven gracias a esta especie de hombres poderosos que para mí son cero machos, porque quien pretende comprar a una mujer carece de lo fundamental.

¿Le cambió el dinero?
Cambiaron los otros. Me vi rodeada de gente que me frecuentaba por interés. Viví ocho años en Los Ángeles –llegué con 24– y fue una verdadera escuela de vida. Era la chica de moda junto a los últimos zapatos y el último bolso, pero consciente de que en cualquier momento podía acabar en un rincón del armario.

Entiendo.
La vida alrededor del cine debes tomártela como un juego: limusinas,  fiestas…, todo gira en torno a un grupo muy reducido de actores y directores. Luego están los cientos de jóvenes que hacen hamburguesas para pagarse la escuela de cine y que jamás tendrán una oportunidad por buenos que sean.

La cruda realidad.
Entendí lo importante que es defender el cine europeo. Los americanos han propagado por todo el mundo su cultura, su mentalidad, sus valores, su manera de vivir, de comer, de amar, de matar… a través del cine.

¿Cómo se sentía siendo icono erótico?
Eso lo decían los otros, no me he identificado. Hay una gran diferencia entre quien nace con un cuerpo como el mío y quien se lo construye. Siempre he tenido un pecho muy abundante, como mi hermana y mi madre, y en la adolescencia me lo vendaba.

¿Le acomplejaba?
Sí. Yo a los 16 años esperaba encontrar un chico de mi edad con el que  pasear románticamente, pero tropezaba con cuarentones libidinosos obsesionados por tocarme.

¿Cómo encajó el éxito?
Todos te quieren, te lo dan todo, entras en un negocio y te regalan lo que desees. Si no tienes los pies en el suelo, piensas que eres dios y estás perdida. Jamás salgo con directores o actores: mis amigos no tienen nada que ver con el cine, porque necesito vivir una vida verdadera.

¿Por eso está implicada en varias asociaciones benéficas?
La parte mágica de mi trabajo es que la gente te para por la calle y te cuenta su historia como si te conociera de siempre, se fía de ti. Lo peor de la enfermedad es la soledad, escucharles es una manera de devolverles lo que me han dado: fama y dinero.

Consecuente.
Pertenezco a la Asociación de Cáncer de Mama. A la mayoría de las mujeres con cáncer las abandonan sus parejas porque la enfermedad da miedo, y cualquiera de nosotros puede ayudarlas a sentirse menos solas. Cuando visito a niños terminales, intento distraer a las madres durante dos o tres horas, darles un respiro.

¿De dónde le viene esta sensibilidad?
Crecí en un barrio pobre y difícil. En la iglesia nos reuníamos todos, buenos y malos, y mi madre, pese a que no teníamos nada, ayudaba a los que estaban peor que nosotros. De hecho, que mi padre fuera cartero me hacía sentir como una princesa frente a quien no tenía padre o lo tenía en la cárcel.

El cine que usted produce trata sobre temas humanos.
Llevo mi lucha por la igualdad y la visibilidad de los desfavorecidos. He  producido una película sobre amor adolescente homosexual y produzco otra sobre madres que cometen infanticidio.

Inteligencia sensual

1,80 de estatura, ojos y pelo negros, un pecho cicciolino regalo de la madre naturaleza, inteligencia para llevarlo, y una sensibilidad cinco estrellas. Anunció pasta, café, panetones y lencería fina; debutó en cine como reclamo erótico hasta que Massimo Troisi se fijó en ella y le dio el papel de Beatrice, la sensual pueblerina de El cartero. Hoy produce películas de corte social y se estrena como directora con un documental que aborda el abandono de los abuelos, mientras, paralelamente, crea la oenegé Adopta un Abuelo. Tiene un orfanato en Bielorrusia y un hospital pediátrico en Botsuana. Rueda en Barcelona Transgression, thriller dirigido por Enric Alberich, producido por Just Films con Canadá e Italia

Victor-M Amela, Ima Sanchís, Lluís Amiguet

referencia, www.lavanguardia.es

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